La verdad, no sé qué frase de Maldita dulzura poner de título. Así que pondré simplemente una palabra. En fin. Maldita dulzura la suya, eso pienso yo a veces. Como siempre, me enchocho (a falta de una palabra mejor) de quien no debo, de quien no conozco, de quien no me conviene. Pero eso no es nada nuevo para vosotros, ni para mí.
Lo que más miedo me da es que conozco esta sensación. Ya la tuve hace tiempo, 28 de Julio de 2008, para ser más exactos. 4:19 de la mañana. Hablaba con alguien que seguramente leerá esto, lo que no sé es si se dará por aludida. El caso. Esta sensación ya la conozco, de entonces. Imán. Magnetita, polos norte y sur, positivo y negativo, apical y basal. Mis estereocilios se estereoestremecen. A tomar por culo todo. De una vez por todas, odio a la gente, en general. He dicho.
Why not? Why not to graff souls?
domingo, 27 de mayo de 2012
Troubleholder.
"Vaya puta mierda de día, del mundo quiero escaparme;
la felicidad espera pero el miedo va a buscarte.
Me lo como crudo crudo; el rap, un coño, el sushi,
¿por qué cada vez que miras a la luna te da por ponerte cursi?
Uh, sí, tú eres el mac, el chirpitifláutico MC, el más chulo,
el que cuenta que tiene una UCI, mmm, casi.
Soy aburrido, vivo en una ley seca;
no de alcohol, más bien de ideas;
fúmate el porro a ver si te despejas.
Esa tía está bien buena, cruzamos miradas;
pero yo no hago milagros, tan sólo hago trampas
así que me vuelvo a casa.
Vivo el día a día sólo por inercia,
me siento un agente patógena en esta puta sociedad.
Estoy machacándomela, escuchando a mis vecinos follar,
qué esperábais de un tío que iba de flor en flor y ahora va de bar en bar."
Grande Xhelazz. http://tinyurl.com/cvagmp2
Sostén el peso de este peso pluma.
Harto de Madrid, de gente, de presiones y de preocupaciones. De estudiar todo el día, del ciclo de Krebs, los ANOVAs y el tejido adiposo. Quiero montañas, bañarme en la mina, coger un bus a una ciudad sucia llena de gente que me importa. Odio profundo, ganas esporádicas de destrozar mis propios nudillos contra lo que sea o quien sea. Abulia. Ceño fruncido. Hastío. Adiós.
la felicidad espera pero el miedo va a buscarte.
Me lo como crudo crudo; el rap, un coño, el sushi,
¿por qué cada vez que miras a la luna te da por ponerte cursi?
Uh, sí, tú eres el mac, el chirpitifláutico MC, el más chulo,
el que cuenta que tiene una UCI, mmm, casi.
Soy aburrido, vivo en una ley seca;
no de alcohol, más bien de ideas;
fúmate el porro a ver si te despejas.
Esa tía está bien buena, cruzamos miradas;
pero yo no hago milagros, tan sólo hago trampas
así que me vuelvo a casa.
Vivo el día a día sólo por inercia,
me siento un agente patógena en esta puta sociedad.
Estoy machacándomela, escuchando a mis vecinos follar,
qué esperábais de un tío que iba de flor en flor y ahora va de bar en bar."
Grande Xhelazz. http://tinyurl.com/cvagmp2
Sostén el peso de este peso pluma.
Harto de Madrid, de gente, de presiones y de preocupaciones. De estudiar todo el día, del ciclo de Krebs, los ANOVAs y el tejido adiposo. Quiero montañas, bañarme en la mina, coger un bus a una ciudad sucia llena de gente que me importa. Odio profundo, ganas esporádicas de destrozar mis propios nudillos contra lo que sea o quien sea. Abulia. Ceño fruncido. Hastío. Adiós.
miércoles, 2 de mayo de 2012
Reminiscencias de soleado cobre.
Sabor amargo de nuevo. Por mi boca, entera, llenándola de rincón a rincón, como siempre soñé que haría su lengua algún día. Sé que ya tengo más entradas acerca de ella, de lo que siempre quise que fuese, de lo que hubiese sido amarla de cerca (cómo me gusta esa expresión últimamente, joder); pero me da igual, para un único resquicio que encuentro en la barrera, no pienso desaprovecharlo. Y eso que ya se me ha curado el espanto en este tema. Sí amigos, por increíble que parezca, escribo esto como hombre (o niño, quién sabe) que ya ha aceptado su realidad. Ya he asimilado que no conseguiré de ella nada más que una frase, un comentario, dedicado a mi internamente y de casualidad; como de casualidad será que yo llegue a leerlo.
Pausa para un cigarro.
Contextualicemos: Ahora vivo en Madrid. Barrio de la Concepción. Tengo una vida "nueva". Al menos en muchos sentidos. Y sin embargo, estoy en mi cama de siempre, en mi casa de siempre, acordándome de los momentos que pasé en esta cama, en esta habitación. Oyéndola cantar. Como he dicho, ya tengo más que asumido que no volverán las noches a oscuras, colgado al teléfono, anclado a su voz saliendo por el auricular diciéndome muchas de las cosas más bonitas que me han dicho. No más pensar en nuestro encuentro (el cual me niego a recordar, pese a que sigo teniendo la imagen en mi cabeza), se acabó. Definitivamente.
De cualquier manera, no sé cómo interpretar el saber que aún sigue ahí. Que ella sigue con su vida, con sus cosas, con sus propios amores. Y yo con los míos. Pero bueno, no puedo dejar de citar al gran Mario Celimendiz Rodellar: "Ningún amor muere, sólo cambia de lugar en la memoria". Y no puedo más que pensar que es una de las cosas más ciertas que hay. Así que, a lo que iba: hay momentos en los que ciertos amores afloran a la memoria, por mucho que uno asuma su desaparición. Que yo, personalmente, creía eterna. Por su parte, claro. Lo sentenció de una manera cruenta, asquerosa. No encuentro más palabras para describirlo. Se comportó de una manera crudamente cruel. Y es cruel por su efectividad. En esos momentos, piensas que no podrás vivir con ello, que no podrás soportarlo. Pero lo peor de todo es que sí puedes. Que lo soportas. Y que sigues adelante. Eso te hace cuestionarte cosas, si la quisiste de verdad, si no mentías cada vez que le decías lo que le decías. Pero a veces me asquea la propia condición del ser humano, el mecanismo interno e inconsciente que nos lleva a superar las cosas. Entonces es cuando pienso: "Sí, la quise de verdad. Y cuando le dije todo lo que le dije, iba completamente en serio, de verdad creía lo que decía, y en ese momento, era cierto." Sin embargo, mi mecanismo interno jodesentimientos me ha hecho resignarme, y, no olvidarla, sino ignorar su antigua presencia en mi vida salvo en momentos ocasionales. Y eso me da muchísima pena, rabia y asco a la vez. No es posible que el ser humano sea tan jodidamente antihumano, va contra lo que llamaríamos nuestra propia naturaleza. Y sin embargo, es parte de ella. Qué asquerosidad de seres.
Condenados a acordarnos de vez en cuando de aquello que nos hizo felices y que se truncó, seguimos aquí. Y yo, uno más de la infinidad de seres existentes, me encuentro de pronto divagando y cagándome en toda la esencia humana a las casi dos de la madrugada de un miércoles de mayo. A tomar por culo todo.
Pausa para un cigarro.
Contextualicemos: Ahora vivo en Madrid. Barrio de la Concepción. Tengo una vida "nueva". Al menos en muchos sentidos. Y sin embargo, estoy en mi cama de siempre, en mi casa de siempre, acordándome de los momentos que pasé en esta cama, en esta habitación. Oyéndola cantar. Como he dicho, ya tengo más que asumido que no volverán las noches a oscuras, colgado al teléfono, anclado a su voz saliendo por el auricular diciéndome muchas de las cosas más bonitas que me han dicho. No más pensar en nuestro encuentro (el cual me niego a recordar, pese a que sigo teniendo la imagen en mi cabeza), se acabó. Definitivamente.
De cualquier manera, no sé cómo interpretar el saber que aún sigue ahí. Que ella sigue con su vida, con sus cosas, con sus propios amores. Y yo con los míos. Pero bueno, no puedo dejar de citar al gran Mario Celimendiz Rodellar: "Ningún amor muere, sólo cambia de lugar en la memoria". Y no puedo más que pensar que es una de las cosas más ciertas que hay. Así que, a lo que iba: hay momentos en los que ciertos amores afloran a la memoria, por mucho que uno asuma su desaparición. Que yo, personalmente, creía eterna. Por su parte, claro. Lo sentenció de una manera cruenta, asquerosa. No encuentro más palabras para describirlo. Se comportó de una manera crudamente cruel. Y es cruel por su efectividad. En esos momentos, piensas que no podrás vivir con ello, que no podrás soportarlo. Pero lo peor de todo es que sí puedes. Que lo soportas. Y que sigues adelante. Eso te hace cuestionarte cosas, si la quisiste de verdad, si no mentías cada vez que le decías lo que le decías. Pero a veces me asquea la propia condición del ser humano, el mecanismo interno e inconsciente que nos lleva a superar las cosas. Entonces es cuando pienso: "Sí, la quise de verdad. Y cuando le dije todo lo que le dije, iba completamente en serio, de verdad creía lo que decía, y en ese momento, era cierto." Sin embargo, mi mecanismo interno jodesentimientos me ha hecho resignarme, y, no olvidarla, sino ignorar su antigua presencia en mi vida salvo en momentos ocasionales. Y eso me da muchísima pena, rabia y asco a la vez. No es posible que el ser humano sea tan jodidamente antihumano, va contra lo que llamaríamos nuestra propia naturaleza. Y sin embargo, es parte de ella. Qué asquerosidad de seres.
Condenados a acordarnos de vez en cuando de aquello que nos hizo felices y que se truncó, seguimos aquí. Y yo, uno más de la infinidad de seres existentes, me encuentro de pronto divagando y cagándome en toda la esencia humana a las casi dos de la madrugada de un miércoles de mayo. A tomar por culo todo.
miércoles, 28 de marzo de 2012
Compilación cuadernil: Las crónicas del metro. Vol. I
Simplemente, y con tal de no ponerme a estudiar Biología Celular, voy a transcribir un par de textos escritos en momentos de metro sin nada que hacer:
_________________________________________________________________________________
_________________________________________________________________________________
La visión resultante de la disfuncionalidad constante de la mente, degradada día a día, es un mero síntoma del desgaste existencial que siente el cuerpo en el momento de estancamiento de la mente, causado por la sensación de parálisis en el camino del desarrollo vital; con una única consecuencia: el nihilismo con respecto a uno mismo.
_________________________________________________________________________________
Parece que la línea 10 es mi lugar para escribir. Estoy en Plaza de España, pero esta vez no se ha sentado a mi lado ninguna chica mona. Vaya. Creo que estoy un poco depresivo, y mira que esta vez escribo con boli negro y en el lado derecho del cuaderno. La verdad es que no me apetece leer. Alonso Martínez. Últimamente veo el mundo algo gris. Es difícil de describir, es como si todo el mundo a mi alrededor se hubiese vuelto feo, no sé, incompleto de alguna manera. Gregorio Marañón. Ya estoy sentado (en el suelo) del andén de líena 7 con destino a Barrio de la Concepción. Me pregunto qué habrá sido de chica mona. Si le alegró mi "carta", le incomodó o simplemente se pensó que estaba loco, o que era demasiado antisocial y simplemente esa era mi única manera de relacionarme con el mundo. Espero que fuese lo primero. Ya estoy en el tren. Se me acaba de ocurrir, venir a la cabeza, como quieras llamarlo; que quiero escuchar una canción de Afrika Bambaataa. Avenida de América. Sigo sin chica mona. Debo de ofrecer un aspecto curioso. 23:24 del viernes 16 de Marzo de 2012. Cartagena. Parque de las Avenidas. Antes pasé por Sol. Perdón, Estación Sol Galaxy Note. Qué patético, la verdad. Qué patético, todo. Este texto incluido. Barrio de la Concepción. Cambio y corto.
_________________________________________________________________________________
"Chica del andén de Guzmán el Bueno, tenía que decirte que..." Así es como ahora mismo estoy planeando escribir un tenía que decirlo (lo sé, qué cutre, no? pero no se me ocurre otra forma) en cuanto llegue a casa. Probablemente siga con algo del estilo: "no es la primera vez que nos gastamos este juego de miradas y sonrisas", y es que es verdad. No me suelo olvidar de una cara en la que me fijo, y menos si me devuelve la sonrisa como cuando la, digamos, conocí; hará unos dos meses más o menos. También en Guzmán el Bueno, vaya. Historias de Metro, amores fugaces, solitarios o compartidos, tanto da.
Lo cierto es que es un tema sobre el que siempre he querido escribir, y ahora por fin me he animado. Bueno, no, miento. Ya escribí sobre una chica del Metro. pero esa es una historia que nadie leerá, más que ella y a quien ella quiera enseñárselo. No porque yo no quiera, ni nada por el estilo; simplemente es ella quien tiene aquellas dos o tres páginas de mi cuaderno, arrancadas a toda prisa, y escritas de igual manera entre la línea 10 y la 7.
Lo cierto es que sonrisas así le alegran a uno el día.
jueves, 22 de marzo de 2012
Después del incendio.
Justamente ayer había soñado contigo. Escribo esto ahora, pero todo (o al menos la mayor parte) lo estuve escribiendo mentalmente durante el concierto de Fabian al que no te quedaste (aún no sé si eso es bueno o malo), a falta de algo para escribir. No sé lo que pasó cuando te vi. Un par de semanas atrás, soñé (más bien despierto) con la misma escena, pero, a saber por qué, era en una manifestación, y sucedía lo mismo que ha sucedido.
Verte de pronto, sin ni siquiera habermelo planteado, causó el mismo efecto de siempre en mí, sobre todo al verte en esa posición y con esa cara tan tuyas. Sólo que, puede que por darle vueltas a todo, puede que por tiempo, o dejadez entre nosotros (si alguna vez hubo algo que dejar); simplemente entré en pánico, y no pude hacer nada más que correr. Correr como si me hubiese perdido en un sitio que, pese a conocer, no es el mío; correr como si no quisiera verte, y al mismo tiempo lo desease con todas mis fuerzas; correr, como si te tuviera miedo.
Puede que te tenga algo de miedo. Sabes, o quizá no, que no hay nada que más me disguste que perder el control de mí mismo, y ese es precisamente el efecto que causas. Quizá corrí por no perder el control de mí mismo. No sé lo que hubiese hecho de haberme quedado. No soy capaz ni de intuirlo. Siento profundamente, ahora que me doy cuenta de mi error, no haberte saludado, haber esquivado tus miradas (si es que las hubo) tanto como me fue posible permanecer mirando a cualquier otro sitio que no fuese tus ojos, sabiendo que estaban a mi alcance. Creo que media sala se dio cuenta de que algo pasaba, aunque no supiesen el qué; o al menos esa es la impresión que me da, pues dudo que el cúmulo de sentimientos, sensaciones y pensamientos que emanaban de mí pudiese pasar desapercibido.
Sé de sobra que estoy bastante jodido en lo que a ti respecta, que no puedo esperar demasiado, pero eso no es capaz ni por asomo de arrancar de mí todo esto, a lo que aún (como a tantas otras cosas, si sabes a lo que me refiero) no soy capaz de ponerle nombre. Simplemente, no puedo quedarme indiferente ante lo de ayer, ante lo que sentí, aún siento, y estoy convencido de que seguiré sintiendo; aunque no le pueda poner nombre, no puedo nombrarlo más que de una forma. Inserte aquí Soneto CXXXII de Francesco Petrarca.
Escribo en segunda persona, como si fuera una carta, porque espero (más bien deseo con todas mis fuerzas, incluso puede que haga algo al respecto) que leas esto. Aunque no haya dicho nada concluyente. Aunque ya sepas de sobra (creo que el lugar donde esto está publicado es fehaciente por sí mismo) todo lo que siento por ti. Aunque probablemente te disguste o te incomode. Si es así lo siento. Pero creo que no puedo seguir un día más sin saber nada de ti más que recuerdos, que ya no te encuentro, que te perdiste, que ya no tengo una flor en mi rincón por la mujer cerveza; ahora estoy simplemente yo, que ese rincón está más condenado que el ladrillo que se hunde en el agua, pero sigue siendo el rincón en donde habito, sigue siendo el rincón al que pertenezco, sigue siendo el rincón que me resisto a abandonar, aunque sólo sea porque antaño había una flor en él, y tengo la esperanza de que vuelva a crecer, después de mucho tiempo regando el suelo yermo con gotas de mi alma en silencio.
Que ya no soy capaz de escribir cosas bonitas y alegres como hacía antes, el mundo se ha vuelto feo, y sé cuál es el remedio que mejor vendría a mi mente, por muy difícil de conseguir que sea. Así que no puedo hacer más que escribirte, a ti y a lo vivido, con la duda de si habrá algo por vivir, y de si algo puede ser considerado vivido sin ti.
P.D.: Vaya. Al final no he escrito tanto de lo que pensé ayer.
Verte de pronto, sin ni siquiera habermelo planteado, causó el mismo efecto de siempre en mí, sobre todo al verte en esa posición y con esa cara tan tuyas. Sólo que, puede que por darle vueltas a todo, puede que por tiempo, o dejadez entre nosotros (si alguna vez hubo algo que dejar); simplemente entré en pánico, y no pude hacer nada más que correr. Correr como si me hubiese perdido en un sitio que, pese a conocer, no es el mío; correr como si no quisiera verte, y al mismo tiempo lo desease con todas mis fuerzas; correr, como si te tuviera miedo.
Puede que te tenga algo de miedo. Sabes, o quizá no, que no hay nada que más me disguste que perder el control de mí mismo, y ese es precisamente el efecto que causas. Quizá corrí por no perder el control de mí mismo. No sé lo que hubiese hecho de haberme quedado. No soy capaz ni de intuirlo. Siento profundamente, ahora que me doy cuenta de mi error, no haberte saludado, haber esquivado tus miradas (si es que las hubo) tanto como me fue posible permanecer mirando a cualquier otro sitio que no fuese tus ojos, sabiendo que estaban a mi alcance. Creo que media sala se dio cuenta de que algo pasaba, aunque no supiesen el qué; o al menos esa es la impresión que me da, pues dudo que el cúmulo de sentimientos, sensaciones y pensamientos que emanaban de mí pudiese pasar desapercibido.
Sé de sobra que estoy bastante jodido en lo que a ti respecta, que no puedo esperar demasiado, pero eso no es capaz ni por asomo de arrancar de mí todo esto, a lo que aún (como a tantas otras cosas, si sabes a lo que me refiero) no soy capaz de ponerle nombre. Simplemente, no puedo quedarme indiferente ante lo de ayer, ante lo que sentí, aún siento, y estoy convencido de que seguiré sintiendo; aunque no le pueda poner nombre, no puedo nombrarlo más que de una forma. Inserte aquí Soneto CXXXII de Francesco Petrarca.
Escribo en segunda persona, como si fuera una carta, porque espero (más bien deseo con todas mis fuerzas, incluso puede que haga algo al respecto) que leas esto. Aunque no haya dicho nada concluyente. Aunque ya sepas de sobra (creo que el lugar donde esto está publicado es fehaciente por sí mismo) todo lo que siento por ti. Aunque probablemente te disguste o te incomode. Si es así lo siento. Pero creo que no puedo seguir un día más sin saber nada de ti más que recuerdos, que ya no te encuentro, que te perdiste, que ya no tengo una flor en mi rincón por la mujer cerveza; ahora estoy simplemente yo, que ese rincón está más condenado que el ladrillo que se hunde en el agua, pero sigue siendo el rincón en donde habito, sigue siendo el rincón al que pertenezco, sigue siendo el rincón que me resisto a abandonar, aunque sólo sea porque antaño había una flor en él, y tengo la esperanza de que vuelva a crecer, después de mucho tiempo regando el suelo yermo con gotas de mi alma en silencio.
Que ya no soy capaz de escribir cosas bonitas y alegres como hacía antes, el mundo se ha vuelto feo, y sé cuál es el remedio que mejor vendría a mi mente, por muy difícil de conseguir que sea. Así que no puedo hacer más que escribirte, a ti y a lo vivido, con la duda de si habrá algo por vivir, y de si algo puede ser considerado vivido sin ti.
P.D.: Vaya. Al final no he escrito tanto de lo que pensé ayer.
lunes, 26 de diciembre de 2011
Para esta sí que no encuentro título. Así que pongo esto sin más.
A
veces, a mí también me duele la piel. No de estar en tu espalda, en absoluto.
Por mucho que escuche a Andrés, me duele de estar simplemente en ella. Para qué
vivir en mi propia piel, si se pudiese fundir con la tuya. Para qué vivir en
mí, si puedo ser una especie de colgado en tu sonrisa. Ser el norte y el este
al sur de piedras y charcos.
Vale,
ya se acabó la canción. Esto se me ha ocurrido mientras me fumaba un cigarro en
la ventana (ah, nostalgia), el mismo concepto de dos simples personas que se
buscan la una a la otra cada vez que pueden. Dos almas en pena, quizá. Al menos
una. Pero me he dado cuenta también de que no pasa nada por buscar un poco de
calor en casa, cuando estás tan lejos de ella. Y que, en cierto modo, es una
manera de querer. Pues, aun lejos, no son pocas las veces que te he soñado,
imaginado entre mis brazos. A veces me lamento profundamente por no poder hacer
todo lo que me hubiese gustado hacer, por el mero hecho de no habernos conocido
antes de irme. Y con los brazos aún empapados del frío de la helada de fuera,
no puedo evitar sentir un cosquilleo en la palma de las manos mientras rememoro
tu mirada durante un segundo, ese segundo antes de que bajes la cabeza con mi
sonrisa. No puedo evitar notar de vez en cuando la impronta de tus labios sabor
cerveza y tabaco.
sábado, 24 de diciembre de 2011
Bonito cuento de Navidad.
Creo que va a ser la primera vez que
escribo por no tener nada que hacer. Aun así, creo que va parejo con la
incomodidad que me supone tener que erguirme para poder escribir en vez de
continuar tumbado en la penumbra de este asiento 56 de autobús Madrid-Reinosa,
sin zapatillas y con una de las dos únicas luces decentes del autobús
encendidas. Todavía trato de averiguar la nacionalidad de los dos caballeros de
los asientos contiguos. Y no veo otra forma de llamarlos, grandes gabardinas
marrones, sombrero y zapatos bien lustrados; semejante atuendo junto con esas
caras redondas, ojos grandes y corte de pelo casi casi militar les hace parecer
recién salidos de la Vladivostok de los años 20. Y digo Vladivostok como
pudiera decir perfectamente Minsk, Stalingrado, Bratislava o Praga. Aparte de
que lo que oigo no desdice mis sospechas.
He tenido suerte en este viaje, no tengo
a nadie al lado, pero el sitio ya está ocupado por una sudadera blanca, que
hasta hace un momento hacía de tope entre mi espalda y el reposabrazos en el
que estaba apoyado intentando (sin éxito) conciliar el sueño. Mi garganta está
tan seca como los ánimos generales en este autobús el día de hoy, víspera de Nochebuena.
Los pocos que no duermen (como nuestros distinguidos amigos de antes) intentan
aliviar su aburrimiento mediante la seguramente forzada conversación con el
compañero de al lado, un libro, unos auriculares y la película programada para
este viaje por el conductor; o, como bien podéis ver, un portátil.
Tengo hambre y sed mientras escribo este
cuento de Navidad, mi botella de cocacola rellena de agua está en el
portaequipajes, gracias a mi despiste habitual; y no tenía nada para comer en
casa (hablo de Madrid), así que no tengo nada ahora. Espero poder rescatar la
botella en Burgos, pero a saber cuándo llegamos.
Este bonito cuento de Navidad no podría
ser más feo. Qué panorama más poco alentador os estoy describiendo. ¿Sentís esa
incomodidad a medias entre el corazón, el esternón, y los pulmones, al pensar
en la vacuidad de dicho ambiente? (Un momento, los entrañables amigos de antes
se están riendo, uno de ellos hace lo que supongo es una imitación de un
conocido común. De acuerdo, ya cesó la broma) Bien, esa incomodidad es la que
llevo sintiendo no sé ni cuántas semanas yo mismo, en mi vida hasta el momento
inane, vacía de cualquier cosa que, a pesar de ser seguramente interesante, no
me lo parece a mí.
¿Me puede explicar alguien cómo lleno un
recipiente con un agujero tan grande que traga inmediatamente todo líquido
vertido en él, sin darle tiempo a coger ni siquiera un poco de altura? Vale, ya
conozco la respuesta. Un sólido que no quepa por dicho agujero, pero sí en el
recipiente. Ay, que creía yo haber hallado la respuesta: ¿Dónde encuentro yo un
sólido de ese tamaño y características? Ni siquiera sé si existe, incluso si el
agujero no es más grande incluso que el recipiente mismo.
Y, por último, otra pregunta para este
cuento de Navidad. Que simplemente es llamado de Navidad debido a que mañana es
Nochebuena, y no por otra cosa. Ni siquiera hay nieve. Bueno, joder, la
pregunta:
¿De qué me saca todo esto? Ni idea. Pero
bueno, “Feliz Navidad”.
Nueva parte. Saliendo de Burgos, no he
podido sacar la botella de agua ni el tabaco debido a que el maletero “no debía
ser abierto”, según palabras exactas del conductor. Un asiático, mayor,
pensativo, me ha dado tabaco y fuego sin terciar palabra, sonrisa o gesto
alguno. Ahora mismo veo la estatua del Cid a mi izquierda. Una leve
conversación cinematográfica con un hombre con el que también hablé antes de
subir inicialmente al bus; truncada por el hecho de que se sienta al principio
del bus, y yo, como es costumbre, al final.
No he tenido tanta suerte esta vez,
tengo compañero. Más bien compañera, lo cual, aunque sólo sea por instinto, se
agradece. Aquí acaba (de nuevo, y todos sabemos que puede continuar) este
otrora bonito cuento de Navidad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)