A
veces, a mí también me duele la piel. No de estar en tu espalda, en absoluto.
Por mucho que escuche a Andrés, me duele de estar simplemente en ella. Para qué
vivir en mi propia piel, si se pudiese fundir con la tuya. Para qué vivir en
mí, si puedo ser una especie de colgado en tu sonrisa. Ser el norte y el este
al sur de piedras y charcos.
Vale,
ya se acabó la canción. Esto se me ha ocurrido mientras me fumaba un cigarro en
la ventana (ah, nostalgia), el mismo concepto de dos simples personas que se
buscan la una a la otra cada vez que pueden. Dos almas en pena, quizá. Al menos
una. Pero me he dado cuenta también de que no pasa nada por buscar un poco de
calor en casa, cuando estás tan lejos de ella. Y que, en cierto modo, es una
manera de querer. Pues, aun lejos, no son pocas las veces que te he soñado,
imaginado entre mis brazos. A veces me lamento profundamente por no poder hacer
todo lo que me hubiese gustado hacer, por el mero hecho de no habernos conocido
antes de irme. Y con los brazos aún empapados del frío de la helada de fuera,
no puedo evitar sentir un cosquilleo en la palma de las manos mientras rememoro
tu mirada durante un segundo, ese segundo antes de que bajes la cabeza con mi
sonrisa. No puedo evitar notar de vez en cuando la impronta de tus labios sabor
cerveza y tabaco.
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